Género indiscutible del oficio pictórico desde el siglo XIII hasta nuestros tiempos (sin considerar las culturas anteriores que más bien repiten un canon de belleza propio de su época), fue la línea de expresión donde el pintor se inscribe en la historia con un nombre, con un nombre y un apellido, señor o señora tal, originario de un sitio y que durante varios siglos fue de gran utilidad a la hora de presentar a los personajes de poder que sucederían las generaciones venideras, etc. El objetivo principal en aquellos tiempos era la de representar una serie de características físicas que en el tiempo sirvieran para identificar a una clase social, un ejemplo; los reyes de Inglaterra.

Pero en paralelo a este objetivo social, existe un descubrimiento que sin duda tendrá sus consecuencias en nuestra cultura actual, nace el autorretrato, el proceso de auto identificación. El mito sobre el nacimiento de la pintura que cuenta la historia de dos amantes, el modo de petrificar el momento... “Ella dibuja o pinta el perfil de la sombra que su amante proyectaba en la pared”, es raro decirlo... pero pasaron unos cuantos miles de años para lograr fijar nuestra mirada en nosotros mismos y no en el otro, en el amado. Actualmente el género de retrato se debate entre retratar y autorretratar, entre el proceso de identificación y auto identificación.

En medio del debate teórico existe otro, el de su función... ya no es la de identificar rígidamente a tal persona como señor tal (como en el s.XVII), ya que con el nacimiento de la fotografía ese tema se supone esta resuelto (casi como un cambio de mando de la pintura a la fotografía), ahora el mito de la pintura vuelve a ser contingente, lo que nos une con la idea de petrificación es más bien emotiva con uno mismo y con el otro. Entonces, ¿Es posible que la pintura aborde las problemáticas históricas del género y por ende las contemporáneas a la vez? De hecho, la pintura no ha muerto, su función sigue intentando ser descrita... mientras seguimos aquí, y el retrato también.